Literatura y actualidad
Jonathan Littell, autor de Las benévolas, no es el único escritor galo afincado en tierras catalanas. Y puede que pronto tampoco sea el único Premio Goncourt made in Barcelona porque Mathias Enard (1972) le pisa los talones. Su cuarta novela, Zona (Actes Sud), fue señalada de forma unánime por la crítica francesa como el mejor libro de la pasada rentrée. Se trata de una obra ambiciosa, incómoda en cuanto a su temática y sin concesiones con el lector, que poco tiene que envidiarle a la de Littell.
Con ella, Enard continúa coleccionado galardones -el prestigioso Prèmi Décembre, el premio alemán Candido a la mejor novela francesa y el de la Société des Gens de Lettres, fundada por Balzac, Victor Hugo, Dumas y George Sand- mientras aguarda su publicación en Barcelona. Ciudad que el incansable viajero ha elegido como residencia fija desde el año 2000 y en la que ha nacido su hija.
El sello Belacqva lanzará el próximo 2 de marzo la edición castellana de Zona, en versión de Robert Juan-Cantavella, el periodista bonzo de El Dorado y compañero de generación y de correrías literarias de Enard.
Zona es el producto de cinco años de escritura en los cuales Enard reelaboró el material de primera mano recogido en centenares de entrevistas a ex combatientes, realizadas durante sus estadías en los Balcanes, Beirut, Siria, Irán, Egipto y una larga lista de etcéteras.
«No sabía cómo darle forma a semejante cantidad de historias», recuerda Enard. La solución llegó con un viaje en tren de Milán a Roma. Eso es lo que narra Zona en casi 400 páginas sin un solo punto a la manera del monólogo interior de Molly del Ulises de Joyce. En este caso se trata del discurrir de la conciencia de un oscuro espía francés al servicio del Ministerio de Interior, que huye de su oficina parisina con un maletín de información digitalizada a cuestas. «La estructura lineal del viaje me dio la fluidez para llevar de la mano al lector por todas esas historias, en su gran mayoría reales», explica el autor.
Hijo de una pianista croata, el protagonista de Zona participó con 20 años como voluntario en la guerra de los Balcanes. Eso es lo que rememora en el tren junto a su vida personal y a la infinidad de conflictos en Oriente Medio que le tocó vivir de cerca como espía. Todas esas historias remiten a su «zona» de trabajo. «Pero la zona también es el espacio moderno, el famoso poema de Apollinaire y en la narración se acaba extendiendo a todo el Mediterráneo», dice Enard.
A medida que avanza el tren ese maletín de recuerdos y vidas ajenas va creciendo hasta abarcar buena parte de la historia bélica europea del siglo XX, sin más guiños literarios ni interrupciones en el fluir de la conciencia que la lectura de un relato de un autor turco y la confesa debilidad del espía por La Ilíada. «Homero me ayudó a volver a contar la historia de la humanidad como el enfrentamiento entre griegos y troyanos», confiesa. «Porque el miedo, el dolor o el placer que produce la guerra siguen siendo los mismos a pesar de la evolución de las técnicas de combate».
En última instancia, lo que perseguía el autor de Manual del perfecto terrorista era que todas aquellas historias bélicas recogidas de primera mano «no acabaran en el nombre de una tumba o en una lista de caídos».
«La literatura puede dotar a los trágicos recuerdos individuales de un sentido humano universal», dice el escritor, que afirma sentirse más barcelonés que galo. «La mayor parte de mi aprendizaje literario se lo debo a esta ciudad», confiesa Enard.
Fuente: Matías Néspolo. El Mundo Catalunya. Suplemento Tendències. 19 de febrero de 2009.
13/3/2009
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