Esta novela está constituida por una sola frase (que ni siquiera es tal, pues hasta la primera palabra empieza en minúsculas, dando a entender que el discurso se inició en algún lugar anterior). Dicho queda. Y se equivocará quien asocie ese supuesto atrevimiento estilístico con uno de esos audaces ejercicios de elitismo condenados a los aplausos de la crítica y el desdén del público. Muy al contrario, el lector que se sumerja en esta frase apenas necesitará una sola página para sorprenderse de la naturalidad con que el discurso mental del narrador se va desarrollando. Si es un experimento, funciona.
Zona narra un viaje en tren a lo largo de la noche. Un hombre va de París a Roma cargado de misterios y de recuerdos. A lo largo de 24 capítulos claramente alusivos a los cantos de la Iliada, asistimos a un desfile atroz dentro de su cerebro: literatos apátridas, militares bendecidos por la historia, víctimas anónimas en tanto que cuantiosas, deportados de guerra, verdugos célebres, teóricos de la violencia, todas las caras de las guerras del siglo XX en Europa y Oriente Medio. Pero ese paisaje aterrador, ese recuerdo de que el mundo sólo existe para acercarse a su fin, está tan acertadamente trabado con la historia personal del narrador, de sus amores hundidos en el tiempo, de sus recuerdos de infancia y amistades, de su peripecia aventurera, que el lector percibe todo como un conjunto vivo. Monstruoso tal vez, pero vivo. La novela funciona exactamente como un tren: un artefacto que podría parecer a primera vista demasiado pesado, un proyecto cuya invención y diseño parece obra de un loco y, sin embargo, al instante de arrancar ocurre el milagro y todo funciona con exactitud y hasta con ligereza.
Señalada de modo unánime por la crítica, Zona ha sido la gran revelación literaria de la temporada en Francia. Y también el público secundó la apuesta. Tal vez porque Enard sabe perfectamente a dónde se dirige este tren aparentemente perdido en la noche y lo dirige con un aplomo destacable. A cambio solo pide una mínima generosidad del lector, la confianza justa en que, más allá de las apariencias experimentales, sabe perfectamente lo que está haciendo. Por fortuna, su traductor al castellano, también.
Fuente: Enrique de Hériz. El Periódico, 11 de marzo de 2009
13/3/2009
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